CABO BLANCO

CABO BLANCO

Empezar a trabajar es un hito importante para cualquier persona. En economía se denomina miembro de la Población Económicamente Activa (PEA) a toda aquella persona que genera ingresos, que mueve la economía.

Formar parte de la PEA no fue un suceso irrelevante para Manuel y para mí.

Era el año de gracia de nuestro Señor de 2013, cuando ambos caímos en cuenta que íbamos a cerrar nuestro primer año laburando.

  • Esto merece ser celebrado -le dije en medio de una de nuestras habituales conversaciones.
  • ¡Por supuesto, hermano! -respondió- acabo de revisar y he encontrado unos pasajes baratísimos para Piura.
  • ¿Piura? -pensé.

Nunca había estado en el norte del país, así que no sonaba tan descabellada la idea, aunque claro, la fecha y hora del vuelo explicaban el porqué de la tarifa.

El vuelo salía de Lima la tarde noche del 31 de diciembre, llegando aproximadamente a las ocho de la noche.

Yo no conocía a nadie en Piura; pero, Manuel tenía una compañera de estudios que era de ahí.

  • ¡Loco! ¡Por supuesto! ¡Bajen no más que acá hay unos tonazos! -respondió la amiga.

Si algo me caracteriza es una inusual desconfianza cuando no me entregan fechas y horas para desarrollar planes. Eso de ser un tipo chill de cojones no me la sé.

Las siguiente semanas le insistí a Manuel (dato no menor: es mi mejor amigo) que por favor confirme si es que ya estaba definida la fiesta, el alojamiento o lo que sea que vayamos a necesitar.

  • Gordillo, tú tranquilo, yo nervioso, ya está todo, relájate -repetía una y otra vez frente a mis insistencias.

Llegó el día de la fecha y cuando nos encontramos para ir juntos al aeropuerto, le pregunté:

  • Sabe tu amiga que estamos llegando, ¿no?
  • Oye, loco, ya está -me dijo.
  • Llámala, por favor, para que sepa la hora del vuelo -insistí.

Manuel llamó a su amiga… y el teléfono se encontraba apagado. Mis nervios se dispararon al mil; pero, rápidamente cayeron.

Aunque soy ansioso y odio las tensiones, curiosamente siempre he encontrado calma en lo inevitable.

Me explico, por algún extraño motivo, cuando mi corte marcial emocional declara algo como inevitable, la vida se ordena ¿Qué puedo hacer ante lo inevitable? ¿Qué se puede hacer ante lo inevitable?

La respuesta es corta: nada.

Si la amiga de Manuel no nos contestaba el teléfono mientras íbamos al aeropuerto y resultaba que los últimos mensajes que don chill intercambió con ella eran de hacía un mes, no había nada por hacer ya.

El decreto de inevitabilidad de algo me da paz. Frente a la situación y entre risas le dije:

  • Bueno, flaco, llegamos, taxi a la plaza y a buscar hotel ¡já! Un 31 de diciembre, dos tipos buscando habitaciones, esto va a estar interesante…

Manuel estaba palteado (manera peruana para decir que alguien está avergonzado o apenado) y sólo asentía con la cabeza. Le di un abrazo y empezamos a repasar el itinerario.

Llegamos sin mayores contratiempos en un vuelo calmado y casi vacío.

Desde la plaza empezamos a buscar un hotel medio decente; pero, a la altura de nuestra incipiente economía neo adulta.

Todos los hoteles de Piura estaban repletos o ‘reservados’ para esa noche. Lo único que pudimos conseguir aquel último día de diciembre fue una cama matrimonial en un lugar de dudosa reputación.

Nos miramos, nos reímos y mientras pagábamos por la habitación, el recepcionista nos preguntó.

  • ¿Algún requerimiento especial de toallas?

Nos volvimos a mirar y nos partimos de risa.

  • Con que cada uno tenga su toalla, estamos bien, amigo -respondí.
  • La verdad, no es mi tipo -aclaró Manuel- en cualquier otra ocasión fácil y sÍ te pedía toallas extras- terminó en un tono coqueto.

Entre la vergüenza y la risa, el cuartelero nos entregó las llaves del tálamo nupcial, cuando el celular de Manuel vibró.

El flaco vio la pantalla, me miró y me dijo:

  • Es ella

Yo pensé un segundo en mandarla al diablo; pero ya teníamos dónde dormir y que, si cumplía con su palabra de un tonazo de año nuevo, habría valido la pena.

Con el típico acento adolescente tardío y disforzado, Mirella dijo:

  • Manuel; pero, si nunca me confirmaste, amigo. Estoy ahora en Pimentel, lejos de Piura, ya no la hacen, además estoy con mi familia, pero tranqui’ y encuentran una discoteca chévere.

Miré a Manuel con cara de señora indignada y le hice un gesto de no-hay-forma.

Manuel, muy a su estilo, le dijo que ya, que todo bien y que estarían en contacto. ¿En contacto? No quería saber nada de ella; pero, en fin.

Con los nombres de las discotecas consultamos a algunos trabajadores del hotel. Hicimos una pequeña encuesta y la respuesta fue unánime: o demasiado caro e innecesario, o demasiado peligroso.

  • Flaco, anda compra hielo que tocará abrir el whisky -le dije.

El flaco salió del hotel, caminó un par de cuadras y encontró a la única bodega abierta un 31 de diciembre cerca de las 10 de la noche. Compró y volvió al hotel con agua, papas fritas y una gaseosa helada.

  • No había hielo, gordillo, será con gacela no más.

Era una escena tragicómica. Yo prendí el televisor en la CNN para ver la medianoche en Nueva York. Manuel empezó reporte telefónico con quien en ese entonces era su enamorada.

Así nos dieron las doce.

  • Feliz 2014 flaco, por un año espectacular -le dije.
  • Por un año aún mejor, hermano- respondió.

Luego de hacer un brindis y saludar a la novia de Manuel, que seguía al teléfono, procedimos a practicar el viejo acto de dormir.

Fue decepcionante. Despertar el primero de enero de 2014 a las 6 de la mañana sin resaca, era una vergüenza a todas luces: ¡estábamos en nuestros veintes!.

  • Loco, si alguien pregunta, Piura fue una juergaza -le indiqué.
  • Pero claro, nos la pegamos hasta las 10 de la mañana porque aquí es así siempre –sentenció.

Guardamos la casi intacta botella de Old Parr y salimos del cuarto. En la recepción preguntamos cómo podíamos llegar a Cabo Blanco, primera playa de nuestro itinerario.

  • Vayan por el mercado, al frente salen buses todo el tiempo a Máncora, piden bajar en El Alto y de ahí con una moto bajan a Cabo Blanco.

Salimos del hotel y fuimos a un cajero automático. Piura parecía ser locación de una serie post apocalíptica. Fue la primera vez que vi borrachos e indigentes durmiendo en un cajero por el calor.

Seguimos caminando y, efectivamente, frente al mercado estaban los buses esperando con choferes en ropa de baño que gritaban destinos como pregoneros de feria.

La escena nos sacó una sonrisa; pero, antes de tomar asiento en uno de esos buses, decidimos cometer el que sería nuestro primer gran error del viaje: buscar ceviche en Año Nuevo.

  • ¿A quién se le ocurre comer en un lugar roñoso el primero de enero a las siete de la mañana? –me dije; pero, a los veinte años, el hambre manda más que el sentido común.

Un plato tibio y recocido nos esperaba. Lo peor no fue lo que nos sirvieron, sino, que nos lo comimos.

No entraré en detalles, viajamos dando tumbos. Lección aprendida: no escatimar en buena comida.

Bajamos en El Alto y caminamos como un kilómetro hasta que un motocarro nos hizo la carrera hasta Cabo Blanco.

En ese kilómetro fuimos cargando nuestras maletas y pidiendo un ride a los carros, que pasaban ignorándonos olímpicamente.

Cuando organizamos el itinerario, mi caballo ganador fue Cabo Blanco; para Manuel, era una playa más, un lugar aislado, silente y tranquilo.

Para mí, Cabo Blanco era muchísimo más. Su arena tuvo el honor de sostener a Hemingway pescando merlín negro. Era calmada, serena y tranquila.

Cabo Blanco era una apacible caleta de pescadores de pocas casas que tenía dos bahías, un espigón al medio, una capilla y un único hotel. Cabo Blanco era poéticamente tranquila… era arte.

Para mí, viajar a Cabo Blanco era un primer acercamiento, casi místico, a un lugar que inspiró de una u otra manera a un escritor que leí. Creo que eso pasa con algunos espacios particulares.

Me sucedió también años después cuando conocí La Sebastiana, casa de Pablo Neruda en Val Paraíso, o cuando pude contemplar un atardecer en el muelle de Pisco, entendiendo finalmente cuando Valdelomar escribió:

“Dábame el mar la nota de su melancolía;
el cielo, la serena quietud de su belleza;
los besos de mi madre, una dulce alegría,
y la muerte del sol, una vaga tristeza”.

Tristitia

Aún no sabía que años después empezaría mi metamorfosis kafkiana para convertirme en un escritor como ellos; pero, estar ahí era poético e inspirador para mi artista interior.

Al llegar, caímos en cuenta que no había más alojamiento que el mencionado hotel de turistas que se encontraba fuera de nuestro presupuesto.

Un alma caritativa de la recepción nos miró con misericordia y nos dijo:

  • Vayan donde el señor Advíncula, él alquila los altos de su vivienda.

Sólo era cuestión de caminar, todo quedaba a tiro de piedra en aquella hermosa playa, de arenas blancas como las velas de los barcos en el horizonte.

Preguntando, preguntando, llegamos a una casa blanca de dos pisos frente al malecón. En el segundo piso había un balcón. Llamamos a la puerta y salió a atendernos el señor Advíncula.

El caballero muy amablemente nos mostró el espacio y nos cobró la tercera parte del precio regular, ya que éramos sólo dos y él alquilaba la casa del segundo piso a grupos de entre seis y ocho personas.

  • Sólo una cosita -señaló el señor Advíncula- el último día que se queden va a llegar una familia que siempre viene, ¿tienen algún problema con eso?

El flaco y yo nos miramos y sonreímos. ¡Al fin compañía! Pensamos.

Le dijimos que no había ningún inconveniente, nos dimos la mano y pagamos la habitación por los cuatro días y tres noches que nos quedaríamos en aquel pedacito de cielo.

Estábamos a veinte metros del malecón, a treinta de la arena y a cuarenta del mar.

Aquel primer día, mientras nos instalábamos, recibí una llamada que cambió para siempre mi vida.

 

AÑO NUEVO

  • ¡Feliz Año Nuevo, Lolo! -me dijo Lucía- ¿Dónde andas?
  • ¡Hey! ¡Feliz Año Nuevo! -respondí tratando de disimular la euforia que me embargaba oír su voz- andamos con el Flaco por Piura, en Cabo Blanco.
  • ¡Genial! A todo esto, ¿cuándo vuelves por Pucallpa? -preguntó.

El corazón me saltaba en el pecho. Traté de serenarme un poco y respondí.

  • El once de enero debería estar por allá.
  • Cuando llegues, avísame, necesito hablar contigo.

No sé cómo no me desmayé. Tampoco sé cómo no me volví escritor mucho antes. Mientras escuchaba a Lucía en la llamada, yo ya había hecho un videoclip del: y vivieron felices por siempre.

Es de muy mala educación que siga hablándoles de ella sin que se las presente. Su nombre es Lucía, también le digo China. Tiene un año menos que yo y fue mi universo más de una década.

Era mi alfa y omega. Fue, sin lugar a duda, la primera mujer de la que me enamoré hasta las trancas, hasta el tuétano, hasta la raíz.

Nos conocimos en el colegio poco antes de entrar a la secundaria y fue un amor a primera vista. Lástima que ella usaba lentes y yo todavía no.

Una revolución, según la Real Academia de la Lengua Española, es el «cambio rápido y profundo en cualquier cosa».

Nietzsche, por su parte, afirma que en una revolución “el individuo ha de ser superado; y este superarse siempre implica un cambio radical que no admite regreso”.

Ella fue, en toda medida, una revolución.

Fue por ella que empecé a escribir, necesitaba decirle de alguna manera lo que sentía y acudí a los grandes románticos de la historia. Conocí la poesía, empecé a recorrerla y me enamoré de ella también.

No volví a dejar de escribir… no volví a dejar de amarla.

Recibir esa llamada fue una bomba, una descarga repentina de adrenalina en el cuerpo que me dejó con una sonrisa el resto del día, cosa rarísima en mí.

Como suele decir Barclays, todo sea siempre dicho.

Cuando recibí aquella llamada, yo pensé que Lucía finalmente había descubierto que yo era el amor de su vida, que la distancia de esas últimas semanas o meses le habían revelado ello.

Pensé, y lo confieso con absoluta sinceridad, que ella no podía aguantarse más decirme ese algo que yo llevaba esperando once años, que finalmente diría: «yo también te amo».

La noche fue serena, fresca y temprana. Era loquísimo cómo todo se apagaba junto con el atardecer. Para las 6:30 de la tarde sólo se podía escuchar una lejana radio y nada más.

Era un silencio que intimidaba; pero que, a su vez, reconfortaba el alma.

La noche le dio paso al día y aquel dos de enero de 2014 amaneció con una profunda calma, el mar era una piscina, no había una sola ola.

  • ¡Flaco, flaco! ¡Mira el mar! ¡Está tacita! ¡Hay que meternos! -le dije a Manuel.

Ambos, ilustres nadadores, decidimos entrar en aguas calmas del mar de Cabo Blanco.

  • Vamos a flotar como boyas, esto no es de todos los días -dije.
  • Vamos, pues -me respondió.

Como estábamos tan cerca a la playa decidimos no llevar nada más que las llaves del departamento. Ni si quiera toallas, sólo nosotros, nuestras ropas de baño y la llave.

En efecto, ingresar al mar fue algo extrañamente sencillo. No había olas, no se sentía corriente, era una real piscina.

El flaco y yo nos habremos adentrado unos 300 metros en el mar y, tal y como lo planteé, nos pusimos a flotar.

El mar era fresco, ni caliente ni tibio. El sol en el rostro. Uno que otro comentario casual por ahí. Éramos dos seres absolutamente desconectados de todo, disfrutando de la insoportable levedad del ser en medio de la inmensidad del mar.

Perdimos la cuenta del tiempo. Pudieron ser 10 minutos, como una hora, la que estuvimos flotando en medio del mar cuando unas ondulaciones en la superficie me pusieron en alerta.

  • Flaco, creo que están llegando las olas, volvamos a la playa -Le dije a Manuel.

Nos volteamos y empezamos a nadar rumbo a la orilla. Nuestro punto de partida no estaba frente a nosotros. Cabo Blanco es también conocida por su fuerte contracorriente, misma que no consideramos.

Habrán sido unos 700 metros los que nos desplazamos hacia el norte. No nos llevó mar adentro, nos movió de lado y de la playa de arena blanca no quedaba más que el recuerdo.

Frente a nosotros teníamos una serie de peñas y pedruscos que no alentaban ningún intento de abordaje.

Ignorantes de las dinámicas del mar, intentamos nadar contracorriente hacia nuestro punto de partida; pero, fue inútil. Nuestras brazadas nos acercaban a las peñas y las olas empezaron a crecer… y romper.

La escena fue escalofriante. Las olas reventaban sobre nuestras cabezas a destiempo y cuando yo salía a tomar un poco de aire, podía ver cómo el mar se tragaba a Manuel y viceversa.

Quizá fue la ola siete u ocho; pero, finalmente el mar me derrotó, tragué agua y me hundí.

Ahí pude sentir la suave arena del fondo marino, lo helado del corazón del Pacífico y la absoluta inevitabilidad de la situación.

Sentado en el fondo del mar, extenuado por el esfuerzo realizado en el oleaje y con el alma más ligera que nunca, sentí una absoluta serenidad. En medio de ese coctel de emociones escuché una voz.

No pretendo que me crean, es más, es mejor si es que esto lo asumen como el relato más fantasioso de todos los que he escrito.

Abandonado al destino de fortuna, una voz me habló con absoluta claridad.

Nunca pude atreverme a decir qué o quién fue. La voz me hablaba sin ninguna reverberación. Era una voz clara, grave y seria que me dijo:

  • Fernando, es momento de decidir: morir o no morir. Sobre la primera opción, creo que es importante que repasemos algunas cosas de tu vida. Has escrito varios poemarios que seguramente alguien los publicará. Has hecho un cortometraje del que te sientes orgulloso, tiene historia, tiene tu arte, eres tú.
    Sumado a ello, esta es tu oportunidad de morir dramáticamente, no de cualquier manera, morir ahogado como Stormi. ¿Habrá acaso una muerte más poética para ti?
    Además, ¡mira dónde vienes a morir!, ¡en una playa preciosa!, tus padres tendrán que venir hasta aquí y sí, habrá dolor, pero el mar sanará sus corazones.
    Aunado a todo lo que te estoy diciendo, hay un detalle no menor: si eliges morir, no te dolerá nada. Lo único que tienes que hacer es rendirte, dejar de intentar salir y la muerte te abrazará como un largo sueño.

En ese momento la propuesta sonaba muy atractiva, se acaba la vida, se acaban los problemas, era verdad todo lo que la voz me había dicho.

Estaba orgulloso de todo lo que la voz mencionó y no dejaba de tener razón en lo poética que sería esa muerte y la belleza del lugar.

Mi silencio hizo que la voz continuase.

  • Ahora, existe también la posibilidad de no morir, sólo que hay un pequeño detalle, para conseguirlo tendrás que esforzarte como nunca en tu vida te has esforzado por nada y las posibilidades de lograrlo son ínfimas.
    Claro, si decides luchar y fallas, como sé que fallarás, has de saber que tu muerte será dolorosa, no tienes idea de cuánto dolerá.
    El sueño se convertirá en una pesadilla que rogarás que termine cuanto antes.
    Entonces, ¿qué decides? ¿Morir o no morir?.

Sentado en aquel banco de arena y frente a los dos caminos presentados, sólo pude ver una opción:

  • Si Lucía quiere hablar conmigo, yo aquí no me muero, ¡ni cagando me muero!

Nadé hacia arriba sin aire, sin fuerza, pero con todo el corazón. No sé cómo, pero logré bracear y patalear lo suficiente para salir a flote.

Insisto, no tengo ninguna noción de tiempo. Sólo sé que salí a pocos metros de las peñas. Tomé esa primera bocanada de aire que me confirmó que había vencido a la muerte en esa batalla y sonreí.

Al abrir los ojos pude ver que, a veinte metros a mi izquierda, Manuel ya se encontraba sobre las peñas, tropezándose; pero, avanzando.

En las peñas, un par de olas reventaron sobre mí, como jurando venganza.

Empecé a caminar entre los crustáceos y demás criaturas marinas que alfombraron mi salida a tierra firme.

Corrí hacia el flaco, lo abracé y, antes de derrumbarme, le pregunté:

  • ¿Cómo estás?

A lo que el flaco, con esa sonrisa relajada me respondió.

  • Salimos, loco, ¡salimos!

Su actitud me reconstituyó en el acto.

Con fuerzas renovadas lo miré y le dije:

  • Revisión general del cuerpo. Comprobar cortes, fracturas u otras lesiones.

Yo tenía toda la panza arañada por la rugosidad de las peñas a la que me aferré como un cangrejo, procurando no ser movido o llevado por las olas.

Además de la panza, las rodillas estaban ralladas, así como la cara interna de mis pantorrillas.

Revisé los principales huesos y no tenía ninguna fractura. Era mi tercera victoria del día: no había muerto, Manuel tampoco y no tenía huesos rotos, sólo estaba un poco magullado.

  • Gordillo, yo no estoy entero -me dijo Manuel desplomándose en la arena.

Con dolor, levantó el pie y me mostró un corte del que emanaba de sangre y mezclada con arena.

  • Vamos a la posta -le dije mientras intentaba ayudarle a ponerse de pie, pero fue un esfuerzo inútil. Ambos estábamos descalzos y caminar sobre la arena caliente era una tortura.

Miré a Manuel, miré las peñas y, en ese instante, lo supe: ¡la llave! ¿Dónde estaba la llave?

 

MILAGRO

Respiré y busqué en el único lugar donde podía estar, el único bolsillo con cierre de mi ropa de baño. Pasé la mano por encima y pude sentir la llave y al llavero.

Seguía sumando victorias aquella mañana del dos de enero de 2014 cuando logramos llegar a una parte sombreada del cinturón costero donde pudimos descansar un poco.

La casa estaba 200 metros al sur y la posta estaba 200 metros al norte de nuestra ubicación.

Inicialmente pensé en ir con el flaco a la casa y atenderlo; pero la cantidad de sangre y el tipo de corte me desanimaron, así que con mucho esfuerzo llegamos hasta la posta.

Era dos de enero. La posta estaba abierta de milagro y sólo había una inexperta técnica en enfermería que, cuando Manuel se sentó en la camilla, se volteó y me dijo:

  • Y ahora, ¿qué hago?

Una vez más, tras un microcolapso, sentí la paz del desahuciado, la calma de lo inevitable: la señorita no sabe qué hacer.

¡Pero debería!… ¡es su trabajo!… ¡para eso ha estudiado!… ¿cómo la contratan si no está capacitada?… seguro que esas y mil cosas más podría haberle reclamado en ese momento; pero, más importante era Manuel y que lo atiendan de algún modo.

  • Trae suero, una jeringa, alcohol yodado, algodón, gasa y unas pinzas -le dije.

La técnica más rápido que inmediatamente consiguió todo lo que le pedí. Acercándole una riñonera, le pedí que lavara la herida con suero para que salga toda la arena y la sangre.

Manuel resistió estoicamente hasta que fue el turno del alcohol yodado. Entonces comenzó el rechinar de dientes mientras el flaco maldecía en todos los idiomas habidos y por haber.

Luego de desinfectar las otras heridas del cuerpo de Manuel, la técnica se volteó como esperando una felicitación que, en efecto, se la di.

Con las heridas curadas y el pie vendado, con las cuentas saldadas, el flaco y yo nos dispusimos a ir hasta la casa del señor Advíncula.

Esos 400 metros nos habrá tomado una hora aproximadamente. Fuimos lento, meditando cada paso, conversando mucho sobre lo que le pasó, sobre lo que me pasó, sobre las cosas que ocurrieron.

Fue maravilloso que no hubo una sola culpa en el aire. Solo gratitud con Dios por habernos hecho salir y al otro por no dejar de estar pendiente durante aquel infierno.

Al llegar a la puerta el flaco preguntó:

  • Loco, ¡la llave!

Lo tranquilicé y le hice una seña de que la tenía en el bolsillo. Abrí el cierre, metí la mano y, cuando saqué la llave, el flaco y yo nos quedamos en una pieza.

Las dos llaves que nos dio el señor Advíncula estaban en un llavero de la Virgen de Guadalupe.

  • Ahora todo tiene sentido, gordillo -dijo el Manuel- estábamos jugando con ventaja, ¡por eso salimos!
  • Amén -respondí.

Luego de subir a la casa, tomamos posesión del balcón de la terraza y nos quedamos conversando mientras el sol moría al horizonte.

  • Oe, ¿quién te llamó? -preguntó Manuel.

Después de tantos dolores, después de tanto miedo y tanta angustia, regresar a esa llamada me alivió, me recordó el porqué estaba vivo. Sonreí.

  • Llamó Lucía, te desea un feliz Año Nuevo -respondí.

Manuel sonrió con un gesto nervioso. Verme así de contento por esa llamada no lo serenaba, al contrario, lo ponía en guardia alta. Como dijo años más tarde: “Cada que te enamoras, me tengo que preparar mentalmente”.

  • Todo tranqui con la llamada, ¿verdad? -incidió.
  • Sí, hermano, todo bien -respondí con una sonrisa culposa- dice que quiere verme -finalicé.

Manuel sabía algo que yo no. Esa llamada no era normal. Es más, él también tuvo su videoclip en ese instante, sólo que él no tuvo una balada romántica de fondo, sino, un bolero cantinero.

  • Anda suave, gordillo, no te me vayas a ilusionar -replicó. Pero, ya era tarde.

Mi corazón estaba a salto de mata, en un frenesí probabilístico eufórico que sólo terminaba en un sinfín de posibles lugares para el casamiento.

Los días por el norte se volvieron eternos. Después de Cabo Blanco, seguimos la ruta hacia Zorritos. Visitamos Tumbes, cruzamos la frontera hacia Esmeraldas en Ecuador y luego regresamos a Piura.

Al aterrizar en Lima nuestras rutas se separaron. Manuel se quedó en la capital para seguir trabajando y yo tuve que volver a Pucallpa imaginando qué tipo de traje usaría en la boda.

Llegué, como avisé, el sábado 11 de enero. El día estaba soleado y caluroso.

Con la noticia de mi llegada, un grupo de amigos me invitaron al estadio a verlos jugar y, ya ubicado en las graderías, procedí a escribirle a Lucía.

  • Ya llegué, estoy en el estadio, ¿cómo hacemos? -escribí.
  • Voy -respondió.

Lucía no era una mujer de muchas palabras. El solo hecho de que haya respondido me bastaba y sobraba para sentirme pleno.

Esperé cerca de media hora y Lucía llamó. Le expliqué que estaba dentro del estadio, en la tribuna norte, y ella apareció.

Llegó con ropa deportiva, la tarde caía al oeste y la conversación fluyó como siempre. Hablar con ella era un placer. Lucía era inteligente y perspicaz, me conocía más y mejor que nadie, y yo a ella.

Las horas pasaron y la invité a ir a mi casa para seguir la conversación. Ella accedió.

Ya en mi casa nos ubicamos como siempre: ella recostada en el sillón de la casa y yo recostado en la alfombra a sus pies contemplándola en su inmensidad casi divina.

Algo en mí sentía que la atmósfera se puso densa. La conversación seguía avanzando; pero, ya no surcaba el mismo cause sus palabras y las mías.

Yo seguía esperando el momento en que me declarara su amor.

Ya habíamos hablado de mi viaje, de su fiesta de año nuevo, de cómo tuvimos un ‘ligero’ accidente el flaco y yo, de nuestro retorno; pero, de su manifiesto del amor por mí, nada.

Su teléfono sonó. Era su padre que la venía a recoger y llegaba en breve. Lucía, sin inmutarse, cambió de tema de conversación.

  • Cierto, hay una cosa que te quería contar.
  • Dime -respondí ilusionado.
  • Estoy embarazada -sentenció.

¿Viste ese momento donde absolutamente todo se derrumba y no sabes qué hacer? Bueno, ahí estaba yo, viendo convertirse en arena a mi diosa perfecta, viendo cómo se iban mis sueños en esas dos palabras.

Mi amor, mi vocación, mi vida como la conocía hasta ese entonces, se acabaron.

No supe qué decir, no pude felicitarla, no pude ni si quiera llorar. La voz que me habló días antes mientras estaba sentado en el banco del fondo del mar de Cabo Blanco, se manifestó nuevamente.

  • ¿Para eso sobreviviste? ¿Para eso arruinaste tu muerte perfecta? ¡Debiste elegir morir!

Sentí náuseas. Quedé petrificado.

  • Oye, ya llegó mi papá, me tengo que ir, hablamos luego, ¿sí? -dijo Lucía.

Para ella no había pasado nada. El pequeño dato random con el que cerró la tarde era una nimiedad.

Yo me puse de pie, aún consternado, y la acompañé a la puerta de mi casa. Abrí, saludé a lo lejos a su papá y me despedí con un beso de Lucía.

Esa fue la última vez que vi a Lucía hasta el babyshower, y el babyshower sería la última vez que la vi hasta más de seis años después cuando pudimos sentarnos a conversar, por azares de fortuna.

Así se acabaron once años de espera, así se derrumbó el castillo de naipes. Así se esfumó la posibilidad de morir y así nació un nuevo hombre desde el fondo de las aguas de Cabo Blanco.

 

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7 respuestas

  1. Me encantó la historia. Me encantó cabo blanco desde tus ojos. Y qué bueno que Lucía estuviese embarazada. Ese embarazo te salvó la vida. Si no, no te llamaba.

  2. ¡Qué lectura! Amé cada experiencia y las frases con las que salían.
    La vida misma parece Cabo Blanco. A veces habrán aguas tranquilas y frescas, a veces olas tras olas golpearán, a veces la arena hará que duela caminar y otras veces, milagros el viento traerá.
    Espero que mi próximo año también venga con memorables relatos

  3. Es curiosa como la vida saca hechos que pueden ser en ese instante algo fuera de tus posibilidades o dices porque paso esto? Pero sin esa llamada, sin esa esperanza de decir me quiere hablar… No habrías sobrevivido, no hubieras hecho el esfuerzo de salir y buscarla y hubieras hecho tanto de lo que ahora estás orgulloso. La vida es curiosa, solo hay que disfrutarla.

  4. Fernando, triple extra grande se queda corto!!!
    Saboreé tu relato como si de un postre hecho por mí se tratara: cada detalle de la narración, los eventos que los llevaron a Piura, la actitud refrescante (y algo insoportable je, je) de Manuel (a quien dan ganas de pegarle en más de una ocasión durante el relato je, je), la probable voz del diablo que escuchaste y como una noticia, que terminó siendo terrible a tus ojos, te salvó la vida. Este va para el top 5 de tus mejores relatos hasta el momento.
    Queda claro que tu público seguirá exigiendo más este año y tú te has metido en un lío del tamaño de los secretos del gobierno estadounidense porque satisfacernos es tu responsabilidad!
    De más está calificar este relato… simplemente brillante Fernando González-Polar Abensur
    Pd. Un cachetadón a Lucía por quedar embarazada sin casarse 🤣🤣🤣🤣🤣 y a todas las Lucías que te han roto el corazón, pero hay que hablar con la verdad, esas experiencias también son parte de la razón por la que eres un excelente escritor.

  5. Ufff que bellísimo relato, lo disfruté de principio a fin. Me trasladas a los majestuosos paisajes y hasta lo leo escuchando tu voz 😅

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