Nunca en mi vida me he sentido más inútil que en las últimas tres semanas. Es una sensación profundamente erosiva para cualquier pretensión de suficiencia o ego.
Desde hace poco más de dos semanas soy papá de un nene hermoso de cabellos castaños oscuros y abundantes. También soy el hombre que tuvo el privilegio de convertir en madre a una mujer a quien la medicina consideraba prácticamente inembarazable.
Cuando miro para atrás, pienso en cómo todo lo que mi mujer y yo vivimos los últimos meses ha sido una seguidilla de milagros.
El primero, que una mujer con el ciclo menstrual más irregular del mundo logre brindar un óvulo fértil y sano para que pueda ser adecuadamente implantado.
Por cuestiones hormonales y fisiológicas, que no vienen al caso, un embarazo también se complicaba por la prognosis médica de lo que sería el implante de nuestro bebé.
Bueno, fue perfecto. Ni un coágulo, ni un ápice, el más sano, maduro y fértil de los úteros acogió y dio forma a un bebé que llegó a este mundo el pasado dos de octubre.
El embarazo, en una paciente con anomalía de Ebstein operada hacía doce años, tampoco presentaba un panorama alentador.
Tuvimos la desdicha de que el primer cardiólogo que nos tocó fue un reverendo hijo de puta que no dudó en recomendar un aborto.
No fue el último en deslizarlo, pero, sus palabras fueron contundentes al decirle a mi mujer:
– Si no lo cortamos ahora, te mueres. 80% de probabilidades de que te mueras por una trombosis.
¿Una trombosis? Morir por eso es prácticamente morir ahogado por coágulos de tu propia sangre en los pulmones, una muerte por más dolorosa y un cuadro al que los pacientes coronarios le tienen especial cuidado.
Cometí el error de que ese malhadado disque cardiólogo hablase solo con ella, nunca más volví a dejar sola a mi mujer en ningún chequeo o consulta.
Ni las caras largas de algunas ginecólogas andrófobas o la grata sorpresa de muchas obstetras me alejaron de estar ahí para mi mujer.
Cuando enfrenté al mamarracho de cardiólogo, menos de veinticuatro horas después, el tipo se me desarmó y dijo que había un 15% de posibilidades de que presente algún tipo de complicación.
De 80 a 15 por ciento hay un universo, en ese momento lo supe: debíamos salir de ese disparate y buscar a un profesional.
El cardiólogo elegido fue el doctor Laguna, cardiólogo de mis abuelos y mío en alguna ocasión.
Ante la historia, Laguna fue más que prudente al hablar y aún más al responder nuestro pedido de algún vaticinio para el embarazo.
– Nadie puede saber lo que pasará. Lo que debemos hacer ahora son exámenes y monitorear para ver de cerca el progreso y la afectación que pueda sufrir el corazón de la madre.
Aprendan, eso es ser profesional. La medicina necesita más doctores como Laguna y menos como el primero que nos tocó.
En fin, los exámenes arrojaron que todo estaba bien, un ajuste en la medicación y llevamos así marzo, abril, mayo y junio.
En la semana veinte aparecimos con más fe que ideas de cómo proceder en el Centro Materno Infantil de El Porvenir, luego que desde el Hospital Dos de Mayo nos dijeran, en pocas palabras: ¿qué hacen aquí?
¿Por qué ahí? Porque necesitábamos llegar al hospital donde trabajaba el mejor cirujano cardiovascular del Perú, el médico de cabecera de mi mujer, el doctor Peralta y su equipo.
No hubo especialista que no supiera que entre septiembre y octubre tendría lugar una hazaña médica: practicarle una cesárea a una paciente con anomalía de Ebstein y una prótesis biológica.
La fecha llegó, como no podía ser diferente, con menos de doce horas de antelación.
La tarde del primero de octubre, día del periodista, recibí una llamada de mi madre para decirme:
– La junta habló, mañana es la cesárea.
Fue abrir las páginas de las aerolíneas en la oficina, comprar el pasaje, salir volando a hacer programa, las maletas y llegar para que, a la mañana siguiente me informen que tanto mi hijo como mi mujer estaban bien.
“Bien” al estilo o de la manera en la que las cosas andan bien para nosotros.
Una mujer, normalmente, es dada de alta entre 48 y 72 horas después de la cesárea. A mi mujer la dieron de alta al quinto día, y tuvimos que esperar otros nueve días más para tener con nosotros a Esteban, nuestro nene.
Y ese pequeño milagro necesita por completo a su madre, no tanto a mí, al menos eso me dice el impostor que me susurra en la oreja.
Ella lo alimenta, ella lo contiene, ella es todo para él y yo, procuro, serlo todo para ella, pero en el fondo, siento que soy una figura prescindible.
Me explico, sé que, sin mí, la situación del postparto y los desafíos del bebé serían abrumadores y que ella lo tendría más que difícil.
Ahora, me es imposible no pensar que, si fuera al revés, yo estaría muerto, absolutamente incapacitado para hacer lo que mi mujer hace como la grandiosa madre que es y sigue aprendiendo a ser.
Ni la infinita ayuda que nos ha brindado y seguirá brindando mi querida madre sería suficiente para mí. Ella es imprescindible, yo no.
Perdonen la catarsis, quienes hayan pasado por este trámite sabrán que tener un tiempo para hacerlo ya es un lujo, yo estoy sacrificando el sueño de las dos de la mañana.
El punto es que tenemos mil desafíos a diario. En la mayoría vencemos (vence ella); en otros no tanto, pero siempre estamos remando.
Sé, o al menos lo creo, que mi función, mi rol, mi papel es el de ser una especie de asistente personal para mi mujer.
Debo asegurarme de que coma, que tenga tiempo para asearse, de sacar la basura, de ver que la ropa vaya y vuelva de la lavandería.
Si ella está avocada a nuestro bebé, debo yo estar para ella; pero, no hay punto de comparación entre la inconmensurable labor que ella realiza y el trabajo limitado que hago.
Siento mucho no haber preparado mejor cosas como mi mente o mi cuerpo para eso; pero, siento que no existe preparación alguna que te diga: ya estás listo para ser papá/mamá.
Escribiendo estas líneas, siento un poco de paz, siento que mi labor no es tan inútil como la sentía al empezar.
En efecto, para este ególatra, caprichoso y muchas veces inmaduro, no tener el protagónico no siempre es fácil, pero, leo lo que acabo de escribir y pienso:
– ¿En serio vas a ser tan imbécil de querer compararte o competir con tu mujer?
Perdón amor por los momentos donde no ando al cien; pero te juro aquí, delante de todos y en el día de nuestro aniversario, que sólo te daré siempre lo mejor que pueda darte, acompañarte y protegerte.
Me acabo de sentir un ángel, trabajando al lado del Hacedor del mundo, de la hacedora de mi mundo y del sentido de mi mundo, mi familia.
Tal vez eso sea también ser padre: descubrir que no siempre se trata de ocupar el centro de la escena, sino de sostenerla para quienes más lo necesitan.
Feliz aniversario mi reina, te amo.
5 respuestas
Me hiciste lagrimear. Ojala todos los hombres del mundo tomaran la paternidad asi. Un autoanalisis, una calificacion de quien eres y lo.que te toGca hacer hacia adelante; un reconocer el rol de quienes te permitieron llegar hasta donde estas. Grande Fernandito.
Se me llenaron de lágrimas los ojitos al verte disfrutar de tu paternidad, amar a tu mujer y valorar a tu familia. 🥹❤️ Creo que se necesita mucha valentía para asumir el amor y la responsabilidad de construir una familia y disfrutarla con tanta entrega y orgullo. Eres increíble, FerG!
Queridos Estefany y Fernando: se que tomaron la decisión de ser padres con valentía y amor, a pesar de los desafíos que enfrentarian estoy muy orgullosa de uds. Y de este nuevo capitulo con sus bebé.
Quizás no pude estar en cuerpo presente, pero si en oración constante y con mucha fé.
Quiero agradecer de corazón a nuestra familia y muy especialmente a su tía Yesenia quien con tanto amor estuvo en los momentos mas difíciles. Aún con su salud delicada. Gracias tambien a la bisabuela Fabiola y a la Comunidad Cristiana de la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes y a todas las personas que día a día se sumaron con sus oraciones para que todo saliera bien.
Díos es grande y todo pone en su lugar. Cuenten siempre con mi apoyo incondicional .los amo mucho.un abrazo lleno de amor y Bendición. que el Espíritu Santo y la Virgen los acompañe siempre.
Segundo agradecimiento:
Agradecida tambien a la familia de Fernando, en especial con la Sra. Clara, su mamá por el apoyo brindado en el proceso del embarazo de Estefany y hasta el momento. Cómo digo, Dios sabe cómo acomoda las cosas: estos jóvenes son bien Bendecidos estos jóvenes por tener 2 familias que están siempre pendientes de ellos Díos Bendiga a ambas familias y a mi hermoso nietecito Esteban.
Hermoso. Nos has hecho llorar de emoción y aunque aún no lo veas aún, tú presencia hace la diferencia de miles de maneras. Felicidades a los dos. Ya quiero conocer a Esteban.