Ramiro pensó que estos últimos seis meses me vio la cara de cojuda, pero hace muchos años le dejé bien en claro que no habría una segunda vez.
Me llamo Maricarmen, tengo setenta y dos años y estuve casada los últimos cincuenta y cinco años con Ramiro, hasta hace un año que inesperadamente saltó desde nuestra azotea.
Yo lo amé, eso espero que jamás lo ponga en duda nadie, lo amé intensamente y lo único que le pedía a cambio es que supiera hacer sus cosas.
Era hombre. Más temprano que tarde haría una sandez y lo único que no quería era que ni mis hijos, ni nuestras familias ni yo me enterase.
– Haz tus cosas bien, chino, sólo eso te pido. Haz las cosas bien y siempre vuelve a casa.
Yo quise creer que no pasaría, que conmigo la vida sería diferente y que jamás tendría que pasar por el valle de la infidelidad, el juicio popular y el dolor de perdonar y seguir.
Ramiro fue mi primer y único amor, nos casamos cuando yo tenía diecisiete años y mis padres nos descubrieron en situaciones poco decorosas.
Sí, papá lo apuntó con un rifle hasta que llegó el papá de Ramiro y se acordó la fecha de la boda, el lugar y el ágape.
Eran otras épocas, era otro Perú. A veces me pregunto si eso que vivimos no fue, en el fondo, algo bueno.
Ramiro toda la vida fue un puto, lo supe a los pocos meses de casarnos, pero incluso así, nunca faltó la comida en casa ni me salió con hijos fuera de los que yo le di.
Me consolaba pensar que siempre sabía de peores hombres… Ramiro jamás me levantó la mano o me dejó encerrada en casa.
Siempre confió en mí y era algo que no se estilaba en esos tiempos.
Tal y como se lo pedí, nunca nadie se enteró de sus infinitas infidelidades, excepto yo (siempre lo supe) y decidí aceptarlas y seguir adelante.
– Todo se supera, además, al final, con quien duerme, donde vive y a quien mantiene es a mí y a mis hijos -me repetía como un rezo.
Y fue así hasta aquel domingo de marzo del noventa y cuatro cuando fui a revisar su cajón y encontré sólo un pañuelo.
Me quedé atónita, yo sabía que estaba en algo con alguien, esos viajes de trabajo que no terminaba el primero y ya empezaba el siguiente, siempre me resultaron sospechosos.
Ahora, entre que esté acostándose con una ramera por ahí y que ya no haya ropa suya en casa había una distancia abismal.
Ni siquiera me hizo saber que se iba, simplemente se fue, se largó de la ciudad dejándome con cuatro hijos y con un cheque que todas las semanas dejaba el compadre Manuel.
Odiaba la mirada del compadre, esa cara de pena siempre me apestó, me jodía muchísimo.
– Vayan a tenerle pena a su abuela -sentía en el fondo del corazón.
La aventura de marzo se alargó casi hasta julio cuando me incumplió la segunda regla que siempre tenía con él: sin hijos fuera del matrimonio.
Los hijos son un asunto sagrado, son de Dios, y jugar a tener hijos por aquí y por allá era algo que no estaba dispuesta a tolerar.
Supe que esa perendeca buscona estaba en cinta, porque el chisme vuela y, cuando me enteré, lo mandé a la recalcada… ya saben qué.
Esa carta fue demoledora, le pedí el divorcio, le dije cosas irrepetibles y no me arrepiento porque eso quedó entre él y yo.
Ramiro permaneció en silencio durante agosto y septiembre, pero en octubre, apareció de la nada en casa con cara de perro apaleado.
Cuando llegó a mí ya me había llegado el rumor que el embarazo era un cuentazo que el pelotudazo ese se creyó por completo.
Nunca apareció panza, nunca nada y el sonso de mi marido casi se quedó con esa cualquiera por nada.
Con el arrepentimiento en los labios llegó a suplicar mi perdón y lo perdoné, pensé en mis hijos y en la estabilidad de mi casa y lo perdoné.
Sólo necesito que sepas una cosa, no habrá segunda vez donde me harás una cosa como esta, aquí fue tu debut y despedida.
Vete sabiéndolo muy bien, o caminas recto o no caminas más.
Ramiro aceptó todo, ¿qué más iba a hacer?, ¿qué iba a decirme? No podía decir otra cosa que no fuera: sí, mi amor a lo que sea que le dijera.
Les cuento esto para que sepan que lo amé, lo perdoné y le advertí de que no volveríamos a pasar por ese trámite.
Cuando hace seis meses lo vi subiendo a la azotea me asusté, sabía que la edad, la pérdida del cabello y la jubilación lo habían golpeado mucho.
Lo seguí porque temí lo peor.
Lo vi acercarse al borde de la casa, lo vi contemplar el vacío y también vi cómo, dos edificios al frente, alguien más también lo vio.
He vivido más que suficiente como para reconocer a una exhibicionista cuando veo una y, créanme, también para reconocer a un viejo mirón.
Esta era una exhibicionista sin el menor reparo, una impúdica que, al ver a ese viejo al borde del abismo, no se le ocurrió mejor idea de hacerle un juego de luces y luego mostrarle los senos.
Así pasó, tal cual, de la nada, la tipa le hizo señales con la linterna del celular y luego mostró las tetas.
Ramiro dio dos pasos para atrás y sonrió por primera vez desde que lo obligaron a jubilarse.
Yo estaba agazapada en la escalera, viendo cómo todo pasaba y quise creer que sería un evento aislado.
No pude detenerme a preguntarle qué había pasado porque, cuando Ramiro bajó, era otro hombre.
Abrió las cortinas de la casa, puso música en la rocola que teníamos y que, honestamente, pensaba que no servía desde hacía veinte años.
Pensé que quedaría como una anécdota, pero el muy optimista subió al día siguiente a la misma hora a la azotea casi trotando y ahí se encontró una vez más con la Chicholina.
He vivido lo suficiente como para saber que, en aquel instante, el mirón y la calata empezaron una relación… en mi cara.
Era una relación con todas sus letras, una infidelidad que quise que durara poco, que la chiquilla se aburriera pronto de ese viejo rabos verdes y no aparezca más, pero no fue así.
La tipa hizo todo lo contrario: aumentó la luz en su cuarto, aparecía cada día con una tanga diferente y cada vez duraban más los shows.
– Viejo pajero, ni se te para, ¿qué pues quieres ahí? -pensaba cada vez que lo veía subir.
Cada vez que lo veía subir, me subía la rabia, cada vez que lo veía bajar, pedía a Dios que tropezara y se desnucara.
Todos los días me empecé a desvanecer nuevamente, como en marzo del noventa y cuatro, cada vez se fijaba menos en mí, cada vez me hablaba menos, pero esta vez era peor.
Antes se fue, se largó de la casa… ahora desaparecía estando frente a él.
Un día no aguanté más y puse un anuncio en el periódico y contraté a un actor muy similar a mi marido para que hiciera una entrega especial.
Caminando ubiqué a dos calles la entrada del edificio y, con mucha amabilidad, convencí al portero que me diga en qué piso vivía mi “sobrina”.
– La señorita Claudia vive en el departamento 513, señora, ¿quiere que le pase la voz?
– No hijo -le respondí- sólo quiero darle una sorpresa.
Con el número del departamento y el nombre ingresé a SUNARP, solicité los datos de la propietaria del departamento y conseguí el nombre completo.
Con el nombre, ingresé a la base de datos del hospital donde trabajé y aún me quedan algunos amigos.
Así, por Whatsapp conseguí su historia clínica y en ella su registro de alergias, con las que preparé un pie de limón y maní… ¡mortal!
El actor dejó el pastel diez minutos antes del encuentro de los amantes en la distancia y pude ver cómo él subió y esperó que en la ventana saliera su show.
Ella se asomó por la ventana y le mostró el pastel. Ramiro no entendía nada, ella le dio un bocado enorme a una tajada que cortó.
Yo observaba todo, una vez más, desde la puerta de la azotea, ella comiendo, luego untándose parte de la crema en los pechos.
A continuación, empecé a ver a esa regalada tosiendo, luego a ella golpeando la ventana, y finalmente a esa puta cayendo al suelo y saliendo de escena.
Ramiro no sabía qué hacer, se volvió a asomar al borde como la primera vez que subió angustiado.
No podía gritar a pedir ayuda, no sabía qué hacer, he vivido medio siglo con ese puerco y lo conozco muy bien.
En ese momento me revelé y le dije:
– Fui clara en que no habría una segunda vez, verdad.
– ¿Qué hiciste? -preguntó.
– ¿Qué hiciste tú? -repregunté.
– ¡Loca de mierda! ¿Le hiciste algo? -insistió
Antes de que pudiera contestarle, de la rabia que lo invadió, Ramiro retrocedió involuntariamente medio paso y cayó por friso.
Ha pasado un año y aún recuerdo ese momento, fui clara, no habría segunda vez que perdonase, y no lo perdoné.
Un comentario
Ups, no me esperaba ese final.