LA PRUEBA

LA PRUEBA

Sentados frente a un vaso azul, con un lápiz blanco de plástico al interior, Ana y Joaquín contaban uno a uno los segundos para revisar qué deparaba la prueba.

Mientras contaban, Joaquín recordó una charla que tuvo casi un año atrás con Verónica, vieja amiga de la vida, en la que ella le formuló una curiosa pregunta:

– ¿Alguna vez has embarazado a alguien?

Joaquín miró con extrañeza a Verónica y sonrió, nerviosamente, con la misma sonrisa nerviosa con la que miraba el vaso azul mientras una gota de sudor se deslizaba por su rostro.

El silencio que surgió en ambos momentos incómodos fue muy similar; salvo que, ahora, Joaquín no podía hacer más que contar.

– Si alguna vez hubiera embarazado a alguien, hoy sería papá, ¿no te parece? -respondió él.

– No necesariamente -replicó Verónica- podrías haber pasado por una pérdida…

En ese momento Joaquín alzó las cejas y se acomodó sobre el respaldar de su silla en aquel grifo carretero mientras le daba un sorbo a su bebida de vodka manzana.

Era un buen punto, y él lo sabía. Se dispuso a responder algo para seguir con la conversación; pero, Verónica continuó hablando:

– Si no has embarazado a nadie, ¿cómo sabes que puedes embarazar a alguien?

Contemplando el vaso azul, Joaquín estaba cerca de responder esa pregunta que había rondado su cabeza cerca de un año.

En realidad, Joaquín llevaba pensando en aquella pregunta desde hacía ocho o nueve años: “¿por qué no soy papá hasta ahora?”, se repetía constantemente.

La pregunta se encontraba irresoluta, en ese momento, Joaquín no tenía ningún método científico que probase que él sí podía embarazar a alguien.

El silencio y los movimientos reptilianos de cuello de su interlocutor dieron pie a que Verónica siguiera.

– Tú has tenido al menos un par de parejas y nunca has embarazado a nadie, entonces, repito, ¿cómo sabes que sí puedes?

Joaquín se hundía por dentro y se cuestionaba su existencia. Era un tema que no estaba acostumbrado a tocar.

En efecto, él había tenido hasta ese momento dos parejas sexuales con una considerable cantidad de encuentros sexuales.

“¿Cómo es posible que no haya embarazado a nadie?”, se volvió a preguntar mirando el vaso.

Habían transcurrido cuatro o cinco segundos; pero, el recuerdo iba a la velocidad de la luz en sus memorias y vino la respuesta que le dio a Verónica.

– No sé…

– Que no sabes qué -replicó Verónica.

– No sé si puedo.

Verónica sonrió y trató de darle cierta calma a Joaquín, que sudaba frío y tenía la mirada perdida en el horizonte.

– Muchas veces, cuando una pareja no logra embarazarse es muy usual que sea a la mujer a la que le hagan quinientos mil exámenes carísimos, cuando los del hombre son muchísimo más baratos y no son pocas las veces que el problema viene de ellos, no de nosotras.

Joaquín no entendía la mitad de lo que Verónica le decía, sólo pensaba en cómo saber si podía o no embarazar a una mujer.

– Espermatograma, así se llama el primer y más simple de los exámenes para ustedes -dijo Verónica, con autoridad.

Esa palabra era muy curiosa, hacía muchos años que Joaquín no la escuchaba y era cierto, aquella prueba era super sencilla.

Un espermatograma constaba de la revisión microscópica de la carga seminal del varón en cuestión.

Claramente, en ese momento, él jamás se había revisado o preocupado por realizarse ese examen.

…seis…siete… Joaquín contaba los segundos en su cabeza mientras tomaba la mano de Ana que estaba como un témpano mirando hipnotizada el vaso azul.

Quizá dentro de un minuto, según las instrucciones del lapicero blanco, no tendría necesidad de realizarse un espermatograma.

– Tu moco no sirve -decían ordinariamente algunas amistades

Más allá de los comentarios, fuera de lugar y carentes de toda clase, parecía que eran factos, que Joaquín no podía embarazar a una mujer.

Sentado frente al vaso azul, Joaquín se sintió diferente a cualquier otro ‘susto’ vivido con alguna pareja.

A diferencia de los anteriores ‘sustos’, ahora había evidencia física de algo. Algo había cambiado, crecido, fueron los pechos de Ana.

Hacía varias semanas, Ana le comentó a Joaquín que sentía sus pechos más firmes, sensibles y grandes.

Joaquín, como buen neandertal, al escuchar pechos sólo pensaba en lo hermosos que eran.

Pensaba en lo bien que lo pasaba con ellas, sí, ella, no ellos. Joaquín solía decirle “mis amigas” a los pechos de Ana.

Es más, cuando Joaquín viajaba solía preguntarle a Ana:

– Mi amor, ¿cómo están mis amigas?

No había mucho espacio para las bromas, mientras transcurrían los segundos… ocho… nueve…

Joaquín miró con amor a Ana, con esa mirada de enamorado, con unos ojos que decían: “también estoy cagado de miedo; pero, estoy feliz que sea a tu lado”.

La conversación con Verónica tuvo que cambiar de rumbo hacia ella y los cinco embarazos que había tenido en la última década, de los cuales sólo dos llegaron a término.

Joaquín sonrió, preguntó por cómo habían llevado adelante con su pareja tantos lápices blancos, tantos vasos azules.

Verónica le contó que su esposo supo de tres.

Los ojos de Joaquín se abrieron como los de un búho y juzgaron en silencio a Verónica.

Ella lo notó y se adelantó.

– Las cosas no van bien con él hace mucho y bueno, resulta que soy ridículamente fértil; pero, también he tenido complicaciones. Dios sabe lo que hace, amigo -sentenció Verónica.

… diez… antes de llegar a los once segundos, Ana acercó la cabeza al vasito y se llevó las manos a la boca.

Joaquín no se podía mover. “Faltan muchos segundos, ¿qué ha visto Ana?”, se preguntaba en silencio, paralizado por la situación.

Ana buscó la mirada de Joaquín, con los ojos inundados y los labios temblorosos.

Él, como buen neandertal, no supo interpretar la mirada de su compañera.

– Es sí o no, no entiendo -pensaba Joaquín, mientras sostenía la mano de Ana.

El tiempo se detuvo. El frío de Ana se le contagió a Joaquín quien, con el sudor en el rostro, no podía disimular la ansiedad que le daba ese momento.

… doce… trece… Ana estiró la mano y tomó el lápiz, la punta salió, rotó el cuerpo blanco de aquella prueba y se lo enseñó a Joaquín.

Con los ojos puestos en aquel pedazo de plástico, Joaquín pudo finalmente responder, en silencio, la pregunta que Verónica le hizo casi un año atrás.

6 respuestas

  1. Como es posible que nos dejes en emociones alborotadas.. está interesante, ya quiero saber la siguiente secuencia de la lectura, muy lindo.

  2. Ohhĥhhhhhh,. Lindo inicio de una historia que no tendra comparacion con otras en la vida de Joaquin y Ana. Vamos con la segunda!!!!!!!!

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