UN TREN A VENECIA

UN TREN A VENECIA

Viajaba tranquilo a bordo del tren de medianoche entre Zúrich y Venecia para descansar un poco de la vorágine del trabajo.

Lima había quedado atrás hacía tan solo unos días, el vuelo salió de la capital con destino a Ámsterdam, en donde tomé un segundo avión a Zúrich.

No era la primera vez que estaba en Suiza, hace casi una década fui como mochilero a Ginebra como parte de un viaje de 33 días por Europa.

Lo sé, mochileros y Suiza no suelen ser una combinación regular, a menos que tengas una hermana viviendo ahí (Gracias Carlita) y tal fue mi caso.

Pude quedarme en casa de Carla disfrutando de unos días de descanso, de una ducha decente y un inodoro que amé después de dos semanas en baños que preferiría no recordar.

Amé Ginebra, los paseos por el lac léman, el chocolate, los helados y haberme bajado a unos desubicados, que nos molestaban a Carla y a mí, con cuatro palabras en español.

Sus caras fueron hermosas cuando me di vuelta y les dije:

– ¡Qué chucha tienen carajo!

Me explico, eran tres o cuatro imbéciles de unos veintitantos años que llevaban una cuadra haciendo comentarios racistas, mientras Carla me pedía que no les haga caso.

Fue recién cuando me tiraron una lata vacía de gaseosa que respondí.

Al escucharme, se miraron entre ellos y corrieron en dirección contraria a nosotros. No quiero imaginarme qué habrán pensado, pero: sudacas uno, gringos desubicados cero.

Zúrich en diciembre es otra cosa, Europa en invierno es otra a la Europa veraniega y vibrante que conocí en aquel viaje.

El frío suele ser enemigo de muchos planes y personas, no conmigo. El invierno es mi estación favorita, amo el frío, la ropa de abrigo y el chocolate caliente con churros.

Los días en Zúrich me quedaron cortos, pero debía seguir mi viaje por el noroeste italiano antes de cruzar a Bélgica.

Sí, lo sé, es descabellado haber organizado así el viaje, pero, yo estoy aquí, yo lo decidí así, y si no está aquí a mi lado, como puedo confirmar, no opine y siga leyendo.

En aquel primer viaje conocí Roma, Milano y Verona. Venecia era un destino pendiente para mí y sentado en ese tren no podía dejar de pensar en la plaza San Marcos, en su homónima basílica, en los cafés, en el paisaje.

De Venecia seguiría Bolonia y Florencia, en un segundo eurotrip que sabía bien, algo mejor que el anterior; pero no lograba concretarse junto a esa persona especial con la que anhelaba compartir esta experiencia.

Con el rostro sobre el cristal, no podía dejar de pensar en ella, en lo mucho que me gustaría estar sentado ahí junto a su mano helada y sus cabellos negros.

Mi mirada perdida se enfocó en el costado del asiento que tenía frente a mí. Me percaté que entre el muro y el asiento había un papel.

La prudencia no es precisamente un don en mí, me cuesta tanto resistirme a los impulsos e instintos de la vida que, no sé, tengo serias dudas de lograrlo alguna vez.

Al alcanzar el papel pude ver que se trataba de un sobre. Era extraño, en la pieza que había pagado estaba solo ¿De quién era el sobre?

La única manera de saberlo sería abriéndolo, ya que en el sobre no había nada más que un nombre sin más: Iván. El nombre estaba escrito con pluma, reconocí inmediatamente la tinta y el estilo.

Adentro había una carta fechada el 14 de noviembre (imagino que de este año) y decía lo siguiente:

Querido Iván,

Hace muchos años, tantos que ya no recuerdo bien con exactitud la cantidad, te dije que debía tomar una decisión con relación a nosotros y finalmente elegí la distancia.

El dolor me acompañó el resto de la vida y sólo lo pude llevar por la sonrisa de Ignacio, así bauticé a mi pequeño, con una I… como tú.

La decisión de casarme, de tener a Ignacio, tan pronto como te fuiste de aquí, sólo respondió a mis miedos por nosotros, por mí, por el futuro… nunca a que el amor que te tuve se haya ido misteriosamente.

Hace mucho te pedí perdón y me perdonaste todo, pero no me atreví a dejarlo todo por nosotros, no quise que cargues conmigo y con él.

Hace mucho decidí que esta sería mi responsabilidad y que haría absolutamente todo para que Ignacio tenga una buena vida.

Creo que lo logré, este 8 de diciembre estaré en Zúrich para la graduación de Ignacio, oficialmente he ingresado los trámites para el divorcio, a pesar de que el padre de Ignacio y yo no tenemos nada desde antes que acabe la primaria.

Con la perspectiva de los años leo lo que te estoy escribiendo y lamento mucho tantas decisiones; pero, el pasado no es jurisdicción válida para nadie.

Sólo nos queda el futuro y, en este futuro, mi actual presente, te escribo.

Sé que vives en Berlín, yo también, conseguí tu dirección hace medio año y no sabía cómo escribirte.

Sé también que te volviste en el escritor que anhelabas ser y lo amo, debo confesar que tengo todos tus libros.

Mi eternamente querido Iván, si no mientes en tus libros, salvo algunas amantes, sé que tu corazón mío está solo.

Si no me equivoco, si todo es como lo soñé hace tantos años, si tengo la oportunidad de compartir un café contigo, amén.

Si es que las cosas son así, te estaré esperando este domingo en la UZH, ubicada en Rämistrasse 71-8006, al mediodía afuera del Aula Magna.

Si vienes, sabré muy bien a que vienes, si no vienes, me quedará entonces todo claro.

No espero nada más que un milagro, ya que solo un milagro podría darme una oportunidad para amarte finalmente.

Tuya, siempre,

Anna.

Al terminar de leer la carta me vi en el reflejo del cristal llorando sin entender bien porqué. Sentí mucha alegría al encontrar la carta en el tren.

Miré mi reloj: 2:14 de la mañana del domingo 8 de diciembre:

– ¡Es hoy!, ¡La graduación es hoy! -pensé.

Si bien tomé el tren que viaja a Venecia, este tren no venía sólo de Zúrich, esta fue una parada intermedia del ÖBB Nightjet que viene desde Viena, pasando por… ¡Berlín! ¡Efectivamente!

Encontrar la carta en aquel vagón sólo podía significar una cosa: de ese vagón bajó Iván para encontrarse con Anna en el Aula Magna de la universidad de Zúrich en tan solo un par de horas.

No conozco a Iván ni a Anna, pero no pude dejar de tener un cúmulo de sentimientos encontrados por ellos. Quiero leer los libros de Iván, quiero saber si Anna fue su musa todo este tiempo.

Necesito saber cómo es que Anna creyó en algún momento que alejarse del gran amor de su vida sería una solución a algo.

Tengo tantas ganas de reñirles por tanta tontería, como las de pagarles una cena romántica en algún restaurante precioso de los muchos que hay en Zúrich.

Reñirles… yo… seguramente Anna e Iván tendrán unos cincuenta años y yo voy a retarles… yo que me escapo de mi país para olvidar a mi Anna…

Yo… que sigo esperando como Iván y que sin problema tomaría un tren a otro país para ver a mi viejo amor.

La verdad no tendría nada por qué retarles, todo lo contrario, tendría que pedirles una hora prestada para escucharlos y aprender un poco.

Ya quisiera yo estar sentado en un avión o en un tren, muerto de miedo por dentro, pero con la esperanza de encontrarme al final del viaje con ella sin más miedos.

 

__________________________________________________________________________________________________________

 

Adquiere mi novela Historias de Cuarentena AQUI

9 respuestas

  1. Que buena historia! Pero si cuántos de nosotros habremos sabidos de algunos Iván o Anna que vimos y decíamos porque no hacen nada o porque la demora!

  2. Fernando… es inusual que te llame por tu nombre completo… pero este es, efectivamente, el mejor de tus relatos hasta ahora.
    No he leído una historia tuya que me transporte de una manera tan violenta y fluida a la vez al momento en que estás en ese tren, leyendo esa carta. ¡Yo también quiero saber qué pasó después entre Iván y Anna!
    Tengo una mezclas de sentimientos brutal en el pecho
    FELICITACIONES SUDACA!!!
    Las estrellas sobran, esto es invaluable.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *