MAL DEL CORAZÓN

MAL DEL CORAZÓN

Como enfermero del Instituto Nacional de Cardiología veo a menudo historias desgarradoras. Nadie puede borrar de mi memoria la cantidad de besos, lágrimas y esperanzas que he visto ir y venir en este tiempo.

Es algo curioso: muchos colegas, incluso yo, nos convertimos, con el tiempo, en personas menos sensibles; esto debido a que tenemos que lidiar con emociones fuertes todo el tiempo, y en medio de esas emociones fuertes tenemos que tomar decisiones trascendentales.

A pesar de esa coraza que con el tiempo nos tejemos para protegernos y hacer bien nuestro trabajo, no hay blindaje perfecto y ciertas situaciones, circunstancias y personas logran atravesarla y llegar hasta nosotros.

Cuando conocí a Rubén me llamó la atención la manera en que se sentaba a los pies de la cama del paciente 2806. No era como las demás visitas de los demás familiares que llegaban hasta mi área.

Por lo general, existen dos grandes grupos de visitas médicas: los dolorosos, los que lloran amargamente y se dedican a estresar a mis pacientes, y que no ayudan en nada a su recuperación.

¿Es que acaso no se dan cuenta? En verdad esas visitas son lo peor que le puede pasar a un paciente. Me jode mucho cuando, por sus culpas, vienen a buscar una expiación tardía. En fin, no los entiendo.

En verdad, ¿qué les cuesta vivir bien? Y con bien me refiero a libres de cargas, de culpas, de rencores. ¿Qué les cuesta perdonar y pedir perdón a tiempo? Después yo me tengo que bancar sus lloriqueos cuando, muchas veces, mis pacientes están en un coma del que no despertarán.

Entonces, tengo al grupo de los culposos, y después está el grupo de los enérgicos… en verdad no sé cuál de los dos es peor. O sea, entiendo que pretendas ser positivo y que con eso pienses que podrás ayudar, pero hay niveles, y sobre todo debe haber algún límite.

Estos son los que quieren armar la fiesta en el cuarto del paciente, hacen bulla, incomodan a todos y hasta quieren mover a mis pacientes. Ah no, ahí sí me pongo bravo y los boto.

Mucho ‘lo he manifestado’ y, una vez más, poco criterio. Ni los depresivos ni los eufóricos les sirven a mis pacientes. A mis pacientes les sirven visitas como las de Rubén.

Rubén era un tipo flaco, blanco, alto, con el cabello alborotado, los dientes pronunciados y la voz desafinada. Era una visita extrañamente respetuosa con todos y siempre me causaba curiosidad observar su dinámica.

Rubén llegaba hasta la cama del paciente 2806, se acercaba al rostro, besaba delicadamente la frente de mi paciente y se sentaba a su lado a leerle cosas. No podía escuchar bien qué, pero era una visita ridículamente casual.

En un momento lo veías leyéndole, en otros simplemente lo encontrabas hablándole calmado y pausado. Algunas veces me pasaba la voz y me preguntaba si podía refrescar su rostro con una toalla húmeda, a lo que yo le decía que no, pero que yo lo haría sin problemas.

La paz que transmitía al paciente escondía una dolorosa historia de amor y una sostenida esperanza en que la salud volvería, que resistiría como cuando lo operaron la primera vez.

Rubén nunca se quebraba frente al paciente, pero más de una vez se desmoronó saliendo del cuarto. A veces la madre del paciente llegaba junto a Rubén, a veces llegaban separados, pero nunca dejaba de venir en los días y horarios permitidos.

Mientras los veía me preguntaba qué clase de relación tendrían estos tipos tan extraños. En mis ratos libres les inventaba vidas, en mis ratos libres me volvía su amigo, su testigo, su confidente.

Había días en los que pensaba que el paciente de la 2806 se llamaba José y era el apasionado amante de Rubén al que conoció en una red social y que lo plantó por estar saliendo con alguien más.

Pensaba en cómo Rubén habría podido volver a invitar a José a salir, a comer, a pasear; o cómo habría presentado José a Rubén en casa, pensaba en cómo reaccionaría la mamá del paciente, una negra de contundente presencia y enérgica voz.

Pensaba cómo le pudo haber costado a Rubén ser presentado como el novio de José siendo él un hombre no abiertamente homosexual y bastante metido en temas religiosos.

Otros días pensaba que el paciente no se llamaba José, y quizá se llamaba Arturo y era medio hermano de Rubén. Pensaba que esas muestras de cariño, cuidado y ternura eran la manera de proteger al último familiar vivo que le quedaba.

Pensaba que quizá no eran medios hermanos, sino que eran mejores amigos y que Arturo vivía solo desde que se escapó de casa de sus padres con una novia cuando tenía 16 años y nunca más pudo volver. Por eso no había nadie más en ese momento para estar a su lado.

Pensaba y pienso tantas cosas que nunca podré saber porque ni Rubén ni el paciente de la 2806 están más en este piso. Hace poco menos de un mes mi paciente murió.

Él tenía una extraña enfermedad que le afectaba principalmente la fortaleza de sus huesos, la visión y el corazón. Hacía un tiempo lo operamos, y cuando entró por última vez, tuvimos que realizarle una nueva cirugía, más larga y compleja.

Fueron más de 12 horas con el paciente en el quirófano. Salió ‘bien’.

Dos días después, cuando se autorizó que el paciente 2806 recibiera visitas, Rubén estuvo ahí en punto con un rosario en la mano. No sé bien qué extrañas oraciones hacían, pero pasaban las cuentas más rápido de lo normal.

Dos días después de aquella escena de fortaleza, de entereza, de un esfuerzo hercúleo por acompañar y ser un soporte para el paciente, el paciente de la 2806 murió.

Los médicos me pidieron que notificara a los familiares la situación. No me atrevía a no llamar a Rubén. No dijo nada por un instante.

– Gracias -sepultó Rubén.

Tanto la madre del paciente como Rubén llegaron hasta la morgue del hospital, en donde finalmente se quedó la madre, mientras Rubén subía a la que fue la habitación del paciente José, Arturo o como sea que se haya llamado el paciente de la 2806.

Rubén miró el espacio ahora vacío sin él y cayó de rodillas, escondiendo la cara entre las sábanas que abrazaron el cuerpo del paciente por última vez. Parecía que quería hacerse uno con esas telas, con él.

No me pude quedar a presenciar ese momento. Salí y, a los pocos segundos, se escuchó un grito desgarrador seguido por un silencio tan profundo que solo podía venir de un absoluto vacío en el corazón.

Volví corriendo a la habitación y Rubén ya estaba reincorporado. Tenía los ojos rojos, el rostro desencajado, la postura encorvada, estaba destrozado.

Fue la primera vez, en todo el tiempo que lo vi visitando al paciente de la 2806, que pude ver a Rubén arrojado a los brazos de la desesperación. No quedaba rastro del sereno varón que venía a las visitas.

Con todas las historias que creé para mis compañeros de guardia, sabía que muy probablemente nunca iba a saber la verdad de ambos. Me avergüenza, pero todo sea dicho: necesitaba saber qué había entre ellos.

Caminé hasta Rubén como quien veía qué estaba sucediendo. Cuando estuve junto a él, puse mi mano sobre su hombro y le dije:

– Ya está, ¿sí? Tranquilo.

– Yo lo amé -me respondió Rubén.

Con esos ojos rojos como si de dos rubíes dolientes se tratase, Rubén me miró, hizo una pequeña reverencia y se retiró. Yo me quedé atravesado por la mirada y la incertidumbre de preguntarme: ¿Qué significó ese “yo lo amé”?

Es complejo. Esa declaración tardía de Rubén no decía nada de la naturaleza de la relación que sostuvo con el paciente de la 2806. En absolutamente todos los casos, Rubén podía amar al paciente.

Si era su novio, podía amarlo; si era su hermano, podía amarlo; si era su mejor amigo, claro que podía amarlo. Caí en cuenta de que había recibido toda la información que debía recibir. Rubén había perdido a una persona que amó mucho. Fin.

Estoy seguro de que, a lo largo de mi carrera, voy a conocer más historias, más dolores y amores en mi piso cirugía.

La vida continúa, sí. El piso de cirugía volverá a llenarse de nuevas historias, nuevos pacientes. Pero el paciente de la 2806 y Rubén siempre estarán ahí, en algún rincón de mi memoria, recordándome que el amor, en cualquiera de sus formas, es lo que realmente sostiene a un corazón.

 

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11 respuestas

  1. De este relato brotan emociones tan intensas que, en mi corta vida, quizás no he llegado a conocer del todo. Simplemente hermoso y, a su vez, tan complejo.

  2. Cómo no dan ganas de abrazar a Rubén con esta historia. Rubén es un personaje con mucha fuerza en tu relato y algo de elegancia al demostrar sus emociones.
    El silencio de Jose, Arturo o como se llamase aquel paciente es bastante cómplice al momento de interpretar ese «yo lo amé».

    Una historia que sin decir mucho, deja poco a la incertidumbre de cómo luce el amor de verdad

  3. ¿Qué hará Rubén con el amor que se quedó sin destinatario? ¿debe tornarse a una profunda pena? ¿debe olvidarse? o quizá ¿permanecerá junto a él hasta que también se rinda ante la muerte?
    Es fácil imaginar que ahora tenga un vacío en el corazón pero, es difícil comprender cuánto pesar esconde aquel estado.

  4. Ame !
    Y sin lugar a duda se puede amar a una persona de mil maneras y se pueden generar hermosos vínculos de lugares y momentos menos esperados .

    Me encantó !
    Muchas gracias Fer ❤️

  5. Mientras leía me daban ganas de acompañar a Ruben en ese proceso difícil para él🥹.
    Una historia de amor diferente que me deja ese sentimiento de querer saber que más había detrás de ellos.
    Como siempre , gran relato, Fer.🫶🏼

  6. El vacio que se siente cuando se pierde a un ser amado es indescriptible. Esa respuesta simple y directa lo dice todo. Profundo relato Fermandito.

  7. Maravilloso relato estimado amigo.
    Aveces siento que si estuviera en esa situación, solo me tuviera a mi. Lamentablemente nadie me amará.

  8. Los hospitales guardan tantas historias, algunas son claras, otras muy calladas, pero eso sí, hay siempre las especiales que así no tengan un final feliz nos marca asi no seamos parte de ella.

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