PEQUEÑA CRISIS

PEQUEÑA CRISIS

Había una vez un escribidor al que se le dio por escribir. Decidió responder a lo que, en inglés, denominan call of duty o el llamado del deber. Es curioso porque, per se, escribir no representa ningún deber.

Quiero decir, quien escribe, escribe porque le da la gana, sin más. Escribe como un esfuerzo de vivir para siempre.

El escribidor cargaba en su corazón pocos miedos, pero muy profundos. El más grave de ellos, el miedo al olvido, un temor que genuinamente lo paralizaba. La sola idea de morir y sumarse a la fila de cadáveres que alguna vez fueron alguien en esta tierra y hoy son nada, lo atribulaba.

Para el escribidor, la muerte no era un paso al que temía. Era un hombre de Fe y sabía que algo más allá lo esperaba. Pero su humanidad, tan concupiscente y terrenal, le pedía dejar una estela: un hito, una marca permanente de su presencia en este mundo.

Uno de sus sueños más locos era convertirse en una momia de museo. Que, al morir, sus restos fueran tratados de tal manera que, en algún punto de la historia, terminaran en una exposición permanente, junto a sus libros.

Cada vez que pensaba en esa idea, que le nació en la adolescencia, el escribidor sonreía mirando al vacío. Para evitar ser juzgado, cosas como la momificación eran temas que no trataba con sus amistades.

Leyendo, conversando y analizando, el escribidor observó que la paternidad era uno de los mecanismos de trascendencia más importantes de la historia de la humanidad. Todos somos hijos de alguien. Si revisas tu propia línea de tiempo, verás como en ti viven todos tus antepasados.

Ser padre de alguien le parecía innoblemente romántico. El escribidor quería ser padre por muchos motivos: por amar a alguien, por entregarse a alguien, porque ese crío fuera el fruto de un amor sobreabundado con Mercedes.

Lamentablemente, no todas las intenciones del corazón del escribidor eran puras, siendo la más impropia de ellas la idea de tener un hijo que llevase su apellido, y más aún, que pudiera decir por siempre «soy el hijo de…».

Pero, como no había Mercedes ni hijo, ni siquiera una posibilidad remota de trascender por ese camino, el escribidor optó por otro: empezar una página web.

Esta página sería la tribuna que durante mucho tiempo se había negado, para así seguir sufriendo por no ser quien debía ser.

Pasa escribir en la página, el escribidor se impuso una pequeña rutina que lo presionará a hacer lo que debía hacer como escritor, es decir, escribir.

Decidió que su semana empezaría el jueves, día vallejiano, día eucarístico, un día que atraviesa imperfectamente y parte en dos la semana. Los jueves serían para escribir, pero ¿Sobre qué escribir? ¡Simple! sobre lo que le viniera en gana. Una historia personal, una fantasía o una infidencia.

El escribidor amaba las infidencias, pero se cuidaba de ellas, las maquillaba lo mejor que podía.

Un escritor es, en esencia, un delator. Un infidente profesional que, con las artes de las formas y matices, divulga las historias y secretos que le confían, o de los que se entera tanto directa como indirectamente.

Retomando, la idea de hacer una página era buena, y un dinero extra lo llevó impulsivamente a contactar a una exmaestra para que, junto a sus programadores, levantara una página inspirada en la de Barclays, un escritor al que apreciaba mucho.

«¿Y para cuándo nos enviarás fotos tuyas para la página?», preguntó la exmaestra. «Si es una página de autor, el autor debería mostrarse en ella», sentenció.

El miedo atravesó la espalda del escribidor y se asentó en la base del cráneo con un ligero hormigueo que cundió en todo su cuerpo. Hacerse fotos era algo con lo que esperaba no tener que lidiar.

«Maldita sea, lo hubiera hecho hace un año que estaba más delgado», pensó el escribidor.

Los pedidos fueron insistentes, y el escribidor acudió a una buena amiga, María, para que le realizara las fotos en su estudio. En Colombia y parte de Centroamérica, la palabra “pena” no significa estrictamente un lamento por un dolor o aflicción, sino que hace referencia a sentir vergüenza.

La pena que embargó al escribidor al acudir a esa sesión de fotos tenía tanto el significado colombiano como el estándar de la Real Academia.

Era una mezcla de vergüenza por hacer algo tan ajeno a él y dolor por exponerse como si fuera modelo de algo, como si, de alguna manera, fuera alguien a quien otros quisieran ver. Todo mal.

Las inseguridades, la casi inexistente autoestima y el pavor por el lente afloraron mientras estaba sentado frente a ese fondo gris, rodeado de luces y de los movimientos de María y su cámara.

Al escribidor le costaba Dios y su ayuda no desconectarse cada vez que María le decía que estaba bien, que salía lindo en las fotos. Era tan extraño para él escuchar eso.

Finalmente, las fotos se hicieron. María no hizo arte, hizo magia con el tenso escribidor, quien compró un gran paquete de fotos con la esperanza de no tener que tomarse nunca más una sesión en lo que le quedaba de vida.

Con las fotos y los textos, el equipo de Jessica, la exmaestra del escribidor, desarrolló una web que simplemente era todo lo que el autor había soñado: minimalista, simple… ¡Bella!

En ese momento, el escribidor supo que estaba en un lío gordo. Se le habían acabado las excusas, y solo le quedaba por delante escribir cada semana para ejercitarse en este arte que tanto lo llamaba.

Las excusas para no hacer las cosas eran casi la firma del escribidor. No se atrevió a escribir su primera novela hasta que el mundo complotó con una pandemia y su madre le dijo:

– «¿Por qué no escribes? Siempre has querido hacerlo y nunca lo has hecho porque no tenías tiempo… Y tiempo te sobra, nos sobra a todos. ¡Empieza a escribir!»

El escribidor comenzó a escribir su ópera prima y lo logró, fue una novela ligera y sutil que tardó dos años en encontrar casa y uno más en llegar a sus manos. Una novela fruto de quedarse sin excusas.

Algo similar pasaba con la página. Ya no dependía de nadie más. Él escribía, cargaba y difundía sus escritos con la frecuencia que decidiera, y por primera vez sólo debía serse consecuente a sí mismo.

Claro, con el paso del tiempo, una pequeña pero fiel legión de lectores empezó a demandarle responsabilidad con su frecuencia y textos, y durante casi ocho semanas no presentó problemas.

El itinerario fue respetado: jueves de escritura, viernes de reposo y corrección, sábado de programación y domingo de publicación y difusión.

Era simple, a prueba de procrastinadores, pero vaya que el escribidor era bueno para sacarle la vuelta a los horarios.

Las últimas dos semanas, el escribidor me confesó que ha escrito a destiempo: la semana pasada el sábado, y esta columna, sólo un par de horas antes de publicarla.

– «Estoy pasando por una pequeña crisis», fue lo que argumentó.

No soy nadie para juzgarlo, pero sí me encantaría que ese escribidor fuera más responsable con sus sueños y anhelos. En efecto, la vida del escribidor, como la del 90% de los artistas, anda de cabeza.

El público siempre pregunta de dónde salen tantas historias, tanta inspiración, y la respuesta es simple: de vivir al revés, de no hacer lo que todos hacen, y ser testigos de lo que hay más allá del finis terrae.

Los artistas viven en los extramuros de las emociones seguras, para atestiguar los límites de estas. Esto constituye un riesgo reservado para locos y valientes, no para el común denominador de los hombres.

Pero, en definitiva, lo importante no es quedarse en los extramuros. La diferencia entre un artista de verdad y un aficionado radica en la capacidad de volver y pregonarle al mundo lo que halló.

Radica en pararse en el centro de la plaza, mirar a todos a los ojos, alzar la voz y decir: «Había una vez un escribidor…»

 

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11 respuestas

    1. Un gran abrazo mi estimado escribidor, muy interesante…
      Aunque no lo creas yo sé cuales son tus miedos.
      Un gran abrazo amigo de siempre.
      Juanmar del 🇵🇪

  1. hacer lo que te gusta con pasión, es lo que te diferencia del resto. muchas veces yo puse excusas de hacer cosas que me gustan; por miedo a algo. Creo firmemente que vencer la muralla de la excusa es el inicio del éxito.
    Felicidades Maestro Polar.

  2. Cada semana que te leo me gusta más que la historia anterior. Es que la práctica hace al maestro aunque la procrastinación aseche a cada paso.

  3. A veces, lo que nos detiene no es la falta de capacidad, sino esa barrera invisible que creamos dentro de nosotros. Superarla es clave para avanzar hacia lo que realmente deseamos,
    Me siento muy honrada de haberte hecho sentir cómodo y sobretodo no juzgado!

  4. Señor escribidor, su mundo interior es impresionante, me consta y no hay una historia tuya que me disguste.
    Tu sencillez es lo que te hace grande, el inmenso ego de los que son pequeños y me encanta leer semana a semana esa grandeza tuya.
    Es curioso, cuando viniste a verme no nos sacamos ninguna foto juntos 🤣🤣🤣

  5. ¡Me encantó! La lectura fue tan cómoda y relajante. Pude empatizar con el escribidor ¿tal vez porque pertenecemos al mismo club de procrastinadores? Lo cierto es que hoy este relato me animó el día.
    Estoy empezando algo que nunca intenté y ya me estaba desanimando con autosabotaje y excusas algo convincentes. El relato me alentó a continuar y perseverar.
    Poco a poco esta página se va convirtiendo en un agradable rinconcito de descanso; espero que el escribidor no renuncie y que también siga sus metas.

  6. Aveces las personas somos así, tenemos toda la inspiración y aveces decimos falta ello o falta esto y esperamos la alineación de los astros a hacerlo, pero aveces necesitamos ese empujoncito para que la maquina ande a full.

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